Las elecciones municipales

 El pasado domingo tuve por vez primera el privilegio de ir a votar al colegio Alonso Barba acompañado por el candidato, mi hijo José Miguel. En el Alonso Barba aprendí las primeras letras de la mano de maestros que supieron, al tiempo que el dictador estaba apagándose, encender ilusión y novedad cuanto dábamos nuestros primeros pasos en la vida en aquellos inciertos años setenta. Maestros y maestras entregadas a su oficio como Santiago Fabregat, Gertrudis, Pepe Torres, Pepita Pérez, Santiago Talaya, y tantos más. Mientras votaba a mi hijo, que está dando sus primeros pasos en política, pensé también que tiene ante sí la misma tarea por delante: encender ilusión y novedad en el ejercicio de la política en su pueblo, de manera que las cosas transiten por el respeto y no por la descalificación y que el desempeño del cargo público persiga el bien común y no el privilegio particular. Se podría decir que fue un milagro que ese niño que apenas levantaba la vista del suelo pudiera transitar por el colegio y más tarde por el instituto Rafael Reyes de Cartaya, donde el descubrimiento de los libros me ensanchó el horizonte. Pero, como sabemos, los milagros no existen, entre otras cosas porque no son necesarios: se trata más bien de no alejarte mucho de tu naturaleza, de no falsear ni una pizca tu gesto, tus pasos, tu mirada... El domingo pasado abandoné el colegio Alonso Barba con la misma ilusión contenida que lo hacía en mis años de colegio, porque la timidez me impide otros aspavientos. Y al atravesar la cancela bajo la atenta mirada de un sol radiante de primavera cogí de la mano a mi hijo José Miguel y le dije, contagiado de su sonrisa, que la enseñanza y la política siguen hoy igual que ayer cargadas de bondad y de porvenir.

Comentarios

Entradas populares de este blog